martes, diciembre 03, 2013

I can make it all again.



"¿Y qué quiero yo?"

La pregunta continuó dando vueltas en mi mente. Me había percatado que, yo, la persona más importante en mi vida, era a la que menos atención le ponía.

"Papá quiere que estudie mucho."

"Mi mamá quiere que tenga novio."


"La gente quiere que sea femenina, gentil."


"Mi novio quiere que sea dócil."


"Mis amigos creen que debo ser mejor y superar mis pérdidas fácilmente."


Claro, dentro de mis posibilidades, intenté complacer a la mayoría. Al final, exigían un poco más y, en mí, algo se agotó. No tardé en pensar que algo no cuadraba: Cuando hacía feliz a alguien, otra persona se quejaba, o por el contrario, yo sentía que eso no era lo que realmente debía o necesitaba hacer. Eso era raro porque creía que eramos un perfecto rompecabezas en este torcido mundo, pero no, la realidad es que somos sólo un grupo de piezas mal cortadas y que nunca logrará encajar con las demás en su totalidad. Cada extremo es distinto a los otros y nunca se puede hacer que todas las piezas encajen entre sí, a menos de que sean cortadas, poco a poco, y entonces, termina por poderse unir con algunas, pero no con todas.

Si no puedo complacer a mi entorno, si no lo logro, entonces, me pregunté, ¿qué quiero yo?

Fue la más difícil pregunta que me habían hecho en mi vida. Jamás antes me la habían hecho con tal magnitud, ni creí que tuviera tanta importancia.

Después de pensarlo, me di cuenta que quiero tiempo para mí, quiero espacio para mí. No quiero hacer las cosas porque "debo hacerlas", sino porque quiero. Lo que yo quería se fue con ella, pero puedo tener nuevos objetivos; justo ahora quiero despertar tarde, estirarme, tomarme el tiempo de concientizar mi cuerpo, cada pequeña parte de él, agradecerle por permitirme ser, levantarme sentir el frío, sonreír porque puedo sentir, comer lo que yo quiero, como yo quiero, porque quiero, pasar un tiempo con algún viejo amigo: un libro, una película, una canción y disfrutarle a cada segundo y que la tarde caiga lentamente, salir y dejar que la noche invernal me envuelva mientras concurro lugares festivos, volver agotada, sonriente, abrigarme frente a las luces navideñas y recordar lo hermosa que es mi compañía. No quiero discutir con nadie, no quiero que nadie me diga cómo hacer mis momentos, cómo fabricarlos, sólo quiero vivirlos. Por ello, concluí que no quiero a nadie cerca, no quiero nada que me haga querer dudar o que intente arruinar mi día.

Por un tiempo, y no digo que todos sean las personas que me dañan, me iré. Viviré de mí para mí. 

A partir de ahora, así será.

Adiós, vieja y sumisa yo, no creo que nos veamos pronto, si nos volvemos a ver.

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